jueves, 9 de diciembre de 2010

ARTICULO DE REBELIÓN

El Año Nuevo




Que de nuevo no tiene nada. Se repiten una y otra vez las mismas rutinas, promesas, conjuros, comidas, bailes y mascaradas.
Hace poco celebramos el Día Internacional del Consumismo, más conocido como Navidad. Ahí las pasiones son controladas por el bozal religioso, por la correa social del espíritu navideño que indica que sería un momento de cavilación, no sólo de los mejores precios y ofertas sino que también de una especie de rito sagrado ecuménico apostólico místico, entre la comunión de los mortales y el nacimiento de una estrella de las superventas.
En resumen, como dicen sabias viejas lenguas populares. La navidad es para los niños y el Año Nuevo es para los adultos.
Entonces, gracias a los enroques realizados por la Iglesia católica en los Calendarios Romanos, (Juliano) y otros, de común acuerdo tenemos que; el día 31 de Diciembre es el último día del año.
La noche vieja se arrastra serena hacia el patíbulo de las horas venideras. Los minutos van ahogando lentamente el cuello erguido de ese viejo año que se va. Y se levanta en pañal festivo, nacimiento fresco y burbujeante, entre champán, brindis, abrazos, deseos, besos y parabienes, el Día Internacional del Alcoholismo. También conocido como el año nuevo. Aunque, existe la polémica de que podría ser el Día Internacional de la Superficialidad.
Los Preparativos se desarrollan más o menos igual en casi todas las latitudes. En la mañana del día D o tal vez un día antes, se esmeran los más, por limpiar aquellos rincones donde en todo un año jamás la aspiradora llegó. El plumero, el estropajo, y el “pañito regalón” llegan a tierras vírgenes ocultas detrás del refrigerador, hasta el último rincón de algún mueble despreciado. Hasta el baño sufre un ataque de cloro, detergentes, jabón y otros amoníacos en cuestión. Los pisos se frotan más que barco de esclavos aquella mañana. Todo debe relucir. Por lo menos hasta como a eso de las 7 u 8 de la tarde hasta cuando sea motivo de una última “manito de gato” por los alrededores antes de que empiecen a llegar los comensales.
A esa misma hora empiezan las peleas por el baño. Las duchas relámpagos son gritadas por una multitud familiar, el sabotaje del calentador de agua, los golpecitos en la puerta como que no quiere la cosa. Los llamados lastimeros, “hay más gente esperando, apúrate” y esa voz vaporosa que trata de echar a perder todo escupiendo algún improperio, pero se serena y dice melindroso “ya voy, ya voy”. Los favorecidos con el primer turno viajan a distintos y públicos lugares comunes. Otros, aquellos que las hacen todas, los histéricos de siempre, piensan que el día es extremadamente corto que todo pasa extremadamente rápido.
Lavar, fregar, limpiar, comprar, arreglar, cocinar, emperifollarse y poner cara de ángel del entendimiento... Mientras en las peluquerías afinan y pulen tanto, descuadres pilosos, como opacos pelos, todas igualitas bien laciaditas para que hagan juego con el baile que se avecina.
Ojos desorbitados observan palpan y miran las vitrinas buscando alguna prenda que lucir. Corbatas, pañuelos, camisas, blusas, vestidos. Lo que sea. Porque cuando está por llegar el año nuevo todos son buenos, todos son místicos, todos son así como metafísicos. Hay que mirar el nuevo año con nuevos ojos y miran por la ventana con la mirada perdida en el horizonte polvoriento del marco que olvidaron limpiar.
Después viene lo más importante: el alcohol.
Se supone que uno tiene que ser muy zopenco o tonto como para hacer un brindis de año nuevo con un vaso de jugo. Champán, vino, bigoteado, sangría, ponche, palomino, pero un brindis con agua mineral es como para darle el abrazo del oso a un despistado como ese.
En aquellos países que el mercado del alcohol cierra temprano, caminan largas hileras de zombis sedientos de alcohol por las calles. Interminables desfiles de seres humanos que transitan con los más diversos brebajes para recibir como se merece el nuevo año.
Aquellos con un poco más de “chic” no caerán en tamaña lotería y con tiempo ya han alquilado o reservado alguna distinguida mesa en algún distinguido hotel, restaurant o club con tambien distinguidos invitados. Mientras que al otro lado del río los invitados han llegado. Hijos pródigos, cuñados desagradables, primas de cabello pintado y toda la fauna y flora de allegados para tan ansiado acontecimiento.
El hombre de la casa irá con los pequeños a comprar fuegos artificiales a la esquina. Por supuesto que el papá fijará sus ojitos melancólicos en esa inofensiva cajita de estrellitas, esas que vienen con una porción de color plomo y una varilla metálica que lo harían lucir más que como Hada madrina de peluquero que como súper lanzador de cohetes multicolores. El padre vuelve a la casa con un petardo enano y el niño carga bajo el brazo una batería anti-aérea.
Los jóvenes se esconden en sus cuartos si es que tienen, los otros cuentan los minutos uno a uno. No para dar el abrazo sino para largarse a la fiesta o disco a la que está invitado junto a la novia o el novio.
A ratos la condición de pobreza e inopia se olvidan. Esa es la bendición efímera del año nuevo. Por un par de horas se renuevan las esperanzas. Existe un coro silencioso que golpea todas las puertas sin distinción de clases. Ha comenzado un nuevo ciclo. Que importa si es la luna o el sol o el equinoccio o el solsticio o la aurora boreal o la austral. Esa sensación de no estar sólo se hace presente. Miles de brazos abrazan sus propios deseos.
Y los deseos individuales se hacen colectivos. Lamentablemente demasiado personales e individualistas. Pero que más da. En este manicomio social todos saltamos y nos alegramos de algo que no es cierto pero esa incertidumbre la ahuyentamos con un destello de ojos, con un par de palmadas que alejan las malas noticias. Somos felices. Engañados, pero felices.
Ojos que no ven, corazón que no siente. Cerebro que no piensa, dolor que no se siente.
El son de la cumbia va levantando la punta de los zapatos bajo la mesa, la salsa va relajando los músculos faciales, el reaggetton, el pop y el merengue van batiendo el merengue de los corazones.
La televisión trasmite los hechos más importantes acaecidos durante el año. En un parpadeo pasan hechos horrendos, injustos, penosos, triunfos y derrotas deportivas. En ese momento uno recuerda ciertas luchas olvidadas. Reflexiona un segundo y pasa a la otra noticia. El programa envasado con anticipación comienza a contar los instantes.
Falta un minuto, y todos se preparan para abrazar a su ser más querido. Otros, no tienen escapatoria y tendrán que abrazar a un montón de aparecidos. Cincuenta siete, cincuenta y ocho, cincuenta y nueve y… Feliz Año Nuevo. Feliz Año…tanto y tanto... (Siempre es lo mismo, lo único que cambia es el número) Y la gente adosa sus envoltorios a otros envases de sueños, añoranzas y anhelos.
Los fuegos artificiales bien podrían ser el resumen exacto de nuestra sociedad y de nuestros valores. Y la Pirotecnia no tiene culpa de ser espejo, la culpa es la imagen que se refleja en el. Disímiles luces de todos los colores y formas surcan el aire. Hermosas luces vacías, fugaces, pasajeras, superfluas, superficiales. Igualito a ciertas personas que brillan en el cielo de las pasiones y las ambiciones y son sólo eso, efímeros cometas que después de un par de segundos se transforman en ceniza perdida olvidad y relegada. Un envase vacío que no sirve más que para ir a dar al tacho de la basura.
Nadie promete en Año nuevo que no beberá alcohol el próximo año.
Pocos son los que piden Salud, Dinero y Amor para los pobres del mundo, a lo más para los vecinos cercanos y por supuesto todo el espectro que circula en torno a su aura más inmediata.
Las doce uvas, no fueron más que arreglines económicos realizados por terratenientes dueños de inmensos viñedos.
Las maletas en cada mano no son más que el grito silente de salir del cuchitril donde vivimos.
Las monedas apañadas en la jaula de nuestros dedos no son más que el corolario ó de necesidades inexorablemente insatisfechas o de ambiciones incontroladas por aquellos que quieren más y más.
¿Qué sentirán los niños palestinos al escuchar el estruendo de cientos de fuegos artificiales? ¿Apagarán las luces y se irán a esconder a los sótanos de las casas? ¿Cuánto se gasta en Sydney, en Lima, en la Torre Eiffel, en el Times Square la noche del año nuevo en fuegos artificiales?... Mientras existan hambrientos y necesitados en el mundo, mientras sepamos que por una bengala lanzada es igual que lanzar un mendrugo de pan a las cloacas ¿Qué es lo que tanto celebramos?... O celebramos todos o no celebra nadie.
En Etiopía el año nuevo se celebra el 11 de Septiembre, interesante fecha para refrescar sensaciones. El 24 de Junio el Pueblo Mapuche celebra el año nuevo. Lamentablemente bajo el Gobierno semi-colonial bajo el cual viven, no tienen nada que celebrar. El grito acuñado de antiguas culturas, de lejanas civilizaciones ha llegado a nuestros oídos a pesar del tiempo transcurrido. Los cambios de ciclo, de las estaciones, en donde hombres, mujeres y niños buscaban, primero a su alrededor alguna señal cierta sobre la incertidumbre que los cobijaba y después vertían sobre sus mesas, caEmas y patios ritos ancestrales, ceremonias marcadas de paganismo en busca de certezas y buenos augurios.
Hace siglos que el Año nuevo ha significado la celebración de un triunfo imaginario. Una supuesta Victoria sobre algo que aún no ha acontecido.
El Año nuevo no es más que la confirmación y el auto convencimiento de mejores oportunidades en el futuro en ciernes.
La apología de la fe pagana, mezclada de bastante alcohol, votos, sexo, cumbia y rock.


COMENTARIO:
COMO BIEN SABEMOS ESTAS FIESTAS NO TIENEN SENTIDO PORQUE LO ÚNICO QUE BUSCAN ES EL AFÁN COMERCIAL Y FESTIVO. TODOS LOS AÑOS LO MISMO, DONDE LA GENTE SE DESVANDA, SIN IMPORTARLES LOS DAÑOS SECUNDARIOS QUE PUEDEN CAUSAR A OTRAS PERSONAS O A NOSOTROS MISMOS. TOMEMOS UN POCO MÁS DE CONCIENCIA QUE ESTAS FECHAS TAMBIÉN SON PARA REFLEXIONAR Y TRATAR DE MEJORAR NUESTRAS VIDAS.

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